Dios Nuestro Señor

En todo lo que hacemos, Dios (todo lo que es) está en la cima, pues él es el origen y el final de todo.

La palabra dios tiene muchas definiciones y es usada de formas distintas por las diferentes personas, organizaciones, religiones, filosofías y creencias.

El dios al que me quiero referir aquí no es aquel que cada religión, filosofía o creencia pareciera que se disputan entre si, diciendo que es así o asa, con estas o aquellas cualidades, y que solo el suyo es el verdadero. Tampoco es aquel que para los ateos no existe, sino este que cada uno de nosotros llevamos en el corazón, sepámoslo o no, querámoslo o no.

El creador y la creación son una y la misma cosa. Cuando el creador decidió expandirse, inicialmente y de sus energías manifestó la luz, y al expandirse la luz, el espacio se expandió también, y en el y de todo ello se condenso la materia, y a través de ella se formo y aun se sigue formando todo lo que existe y existirá. En este proceso, El, se usó a si mismo, a sus energías, y de ellas se fue formando todo lo que está o estará manifestado.

Cuando pensamos en dios como algo o alguien alejado, lejano, indescriptible e inalcanzable, eterno y supremo, no estamos tan errados. Si pensamos que él es lo mas cercano, tierno y amado que podemos tener, también estamos en lo cierto, por que El es todo lo que hay. El es todo lo que ves y tocas y sientes, y también todo lo demás, pues no hay ni existe otra cosa que dios.

El, nosotros, son solo palabras que usamos debido a nuestro particular estado de conciencia, pero en realidad se refieren a la misma cosa, pues solo hay una cosa que Es.

El señor forma parte de ti mismo, de hecho eres todo dios, y al igual que tú, es así para todo y para todos los demás, ya sean seres humanos, animales, vegetales o minerales, materia o energía, manifestada o en potencia.

Para hacerse una idea material de dios y de nuestra relación con el, podríamos relajarnos un poco y cerrando los ojos imaginar un objeto, como una enorme esfera ovoidal, quizás algo así como un diamante gigantesco flotando en el espacio vacío, brillante y perfectamente pulido, tallado en infinitos trillones de minúsculas caras. Si nos alejamos un poco y miramos el conjunto, vemos ese enorme diamante luminoso, algo de una hermosura inexplicable.

Al acercarnos de nuevo, vemos que aquello que a lo lejos parecía un enorme huevo de cristal y luz, con un pulido perfecto y asombroso, inenarrable, en realidad tiene millones de facetas talladas sobre su superficie y si seguimos acercándonos vemos que cada faceta es diferente, tiene forma y tamaño diferente, brilla con un algo especial que la hace un poquito distinta a las demás. Si nos acercamos aún más y miramos esa particular faceta que nos atrae, veremos que es tan hermosa que no nos cuesta nada amarla, pues es tan y tan parecida a algo que conocemos muy bien.

Imaginar este objeto prodigioso puede darnos una idea del conjunto que podría representar en su conjunto la expansiva manifestación de dios en la creación, ero por otro lado también vemos los trillones de hermosas facetas perfectamente talladas y pulidas, luminosas y brillantes, las cuales, cada una de ellas, bien podrían representar a cada uno de nosotros.

El todo y las partes son en realidad una y la misma cosa, no hay posibilidad de que el todo exista sin sus partes, ni que las partes existan fuera del todo.

En nuestra relación con dios, si es que puede decirse que podemos relacionarnos de alguna forma con eso que ya somos, hay un elemento que facilita el contacto y es aquella conciencia de separación e individualización que tenemos incrustada como una impronta en nuestra encarnación terrenal. Sin esta idea de dualidad y de separación, la experiencia de esto o de aquello no sería posible, de hecho dios se expande y se manifiesta como creación por el simple hecho de poder experimentarse a sí mismo.

Nosotros, la creación, la filiación, los hijos de dios, somos las células que, aparentemente separadas del creador, experimentan en el mundo material, pero en realidad esa experiencia es recibida y degustada por el creador a través de la parte de él que somos cada uno de nosotros.

Nosotros, el, ellos, esos, en realidad son solo palabras, que denotan los diferentes puntos en los que temporalmente colocamos nuestra atención. Si nuestra conciencia esta concentrada en la individualidad, experimentamos la separación como algo real, y podemos así interaccionar con lo creado. Cuando cambiamos el foco de nuestra conciencia, también cambiamos la experiencia que obtenemos, dependiendo de donde la coloquemos.

El creador sin creación no puede experimentarse a si mismo, por y para ello emana la creación. Así y por un tiempo disfruta expandiéndose, creando y sintiéndose en cada partícula del infinito manifestado. Después de un tiempo el proceso expansivo se invierte y todo lo creado se va contrayendo y disolviendo paulatinamente, hasta retornar de nuevo al origen inmanifestado, al Ser que siempre ha sido, es y será.

Este proceso sería algo así como un ciclo de respiración, o el proceso del día y la noche. Amanece y nos despertamos, salimos y disfrutamos de todo lo que la vida nos ofrece, mas tarde al terminar el día estamos cansados y nos retiramos a descansar, cerramos lo ojos y dormimos un tiempo hasta el nuevo día.

Gracias a la naturaleza inicial dual, podemos experimentar lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo. Conforme vamos creciendo nuestra conciencia superior nos va presentando etapas y poco a poco aprendemos de las cosas y de la vida, tal y como fue nuestro plan para esta particular encarnación.

Al mismo tiempo y poco a poco, nuestra inicial conciencia dual material se va despertando a la realidad de la unidad del espíritu, y de este modo, al creer en otras posibilidades, miramos de nuevo y vemos cosas nuevas, ampliamos nuestro espectro de visión y nuestras posibilidades de experimentación.

Creer es crear.  La creencia, materializa experiencia.

Y Así es y Así será por siempre y para siempre. 

Amen.